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El descenso de una nube

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        De personajes que asimilaban un talento parecido. En las esquinas donde se cuenta esta historia: pequeños teatros enjaulados pero móviles llevaban el instinto animal en sus actores y sobre todo en la arenga de un pueblo absorto que respondía con elocuencia a los bestiales espectáculos brindados por el séquito de imitadores.

         De actrices dramáticas expoliando con frenesí la escena por las dudas de que la vida sea una comedia sin humor y se fugue la belleza creyéndose capaz de llegar a buen puerto o buena vida.

         En el año de la recompensa y a punto de cumplir una edad promediable con el dinero derrochado; en el año dominado por un viento cálido, límpido, brillante, conjugado además con una violenta paz cuando atraviesa el filo de aquellos edificios que apuntan al cielo con desprecio, buscando placer por pertenecer a la tierra durante el resto de sus vidas. En esto que está ocurriendo y ocurrió al llegarnos la edad para poder participar del espectáculo. Como no tenía pensado hacerme el adulto, precipitarme al orgullo matutino, sumados los zapatos, las camisas y las corbatas. En fin, yo quería representarme a partir de un horario determinado: las seis y media, donde estoy más predispuesto a dejarme sobornar por los sentimientos. Quería representar además cómo pensarían los objetos y las cosas del mundo, puesto que nunca pudieron ni podrán hacerlo.

         Siempre creí que no éramos más que figuras diminutas perdidas en un espacio infinito; pero con el tiempo llegué a la conclusión de que a Dios la fuerza no lo seducía. Porque yo puedo pensar el sol y el no a mi. Le había dado pensamiento justo a nosotros, insignificantes parásitos ubicados en el vasto papel negro del universo.

         La memoria, la presencia, el amor y la fantasía de tener otro mundo sumergido en la feria de la conciencia, es una fuerza obscena que aparenta no existir. La fuerza no está en la práctica del amanecer ni en el despotismo de un sol que se vuelve a escapar de oriente, sino que la fuerza está en el que puede contemplar aquella situación y reconocer así que hay belleza; la pensamos y nos deleitamos sentados frente al mar, como conductores anónimos, en la proa del planeta, apretando el acelerador de la mirada y navegando por un camino eterno. Y sin embargo el horizonte de frente siempre, como señal autoestima, como flecha marcadora de la cobardía de un destino que no deja memorizarnos ese cartel infinitamente firme delante nuestro; el horizonte que la noche lo encama con el cielo y nuestros ojos influyen artificialmente, dejándose perpetrar en alucinaciones y  en la misma oscuridad. Si, la misma oscuridad, oscuridad, oscuridad, oscuridad, es decir el soporte de los sueños, de los sueños, de los sueños, sueños y sueños. Es decir, ese gran cine mudo adaptado siempre a la actualidad.

         Fue que un día, mientras me entretenía separando vientos por capítulos y redactando en mi cabeza “el amor menos odiado”, tuve una sensación difícil de comprender a simple vista. Me aseguré primero al asiento de mi auto y seguí firme en el movimiento y la velocidad. La ruta seguía viva, empañada de espejismos de sudor. Las llanuras, hacia los dos costados, empezaban a pararse encima de algunas sierras aparentemente modernas, como si la tierra estuviera hinchada de tanto tiempo sin hacer ejercicios.

         La ruta, al parecer con una calma infra maquinaria, de golpe se abrió paso y dejó salir de la profundidad varias y enormes nubes de formas variadas y también un cielo que se iba proyectando delante mío como si fuera un gran paredón celeste.

         Recapacité y descubrí que vivía en dos planos yuxtapuestos: a mis costados dos llanuras, y estaba ubicado además entre dos silogismos azules.

         Permanecí tranquilo, frené el auto y me puse a deducir si al final de todo era tan cierto que sólo a nosotros se nos había concebido la capacidad de pensar en las cosas.

         La pared se detuvo y una de las nubes (que flotaba y conversaba con el horizonte de cerca) empezó a acercarse muy despacio, muy contraída, con la forma desfigurada de una mascara tosca y barata pero afianzada en el horror dibujado de su sonrisa o lo que parecía de ello.

         La nube se arrimaba, se arrimaba la nube, cada vez que yo clavaba los ojos en ella. Nunca pensé en escapar o girar en u con el auto y entregarme al regreso de un viaje ya por demás recorrido. Sentí miedo, no había duda de eso; pero había otros sentimientos que empezaba a experimentar descubriendo que pocas facetas eran reconocidas en casi toda la vida y el resto.

         Ahora estaba en el interior de la nube y del auto. Fue ahí cuando quise acelerar, pues el peligro y la desconfianza eran ya por demás eminentes; pero la gran torre de los cielos golpeó con mi auto, dándome un golpe bastante fuerte como para haberla considerado inverosímil. Paralelo a esto, la pared iba desprendiendo como atizada una especie de polvo filológico e inmaterial.

         De pronto la nube, que había quedado detrás mío cuando finalmente yo había intentado escaparme, empezó de golpe a decir cosas en una lengua inconmensurable, obstruida por su garganta que ahora no llegaba a su boca del cielo sino de la tierra. Mi profundo deseo de comprender aquel nebuloso mensaje era tal que rápidamente me di cuenta de que no era más que uno dado vuelta: la nube lo decía de la misma forma que poner un cassette en reversa.

         Me adelanté un poco más al espejismo en marcha atrás y resumí todas las ventanillas en una gigante ventana abierta para poderlo comprender mejor; es decir que salí fuera del vehículo con un papel y una lapicera.

         La nube habló por más de media hora, pero los extractos que alcancé a descifrar me sirvieron para dictaminar el deseo que a ellos les incumbía, digo ellos porque el cielo tampoco había surgido por la sola función de detener el paso delante de mis narices, sino que estaba completamente involucrado en la veracidad de los hechos y en la propuesta que la nube (sollozando) exigía con arengas bastante voluntarias.

         Al parecer me decía, la nube (ahora yo sabía que eran mensajeras del cielo), sobre la iluminación, el dominio de las estrategias y las fuerzas del poder. Su descenso proclamaba un mensaje final y directo ese mismo día que el tiempo lo fue llevando lejos, a su debido lugar de origen enumerado con el dinero derrochado.

         -El hombre cumple los años por capricho y el pecado señor, es en verdad una utopía que todos terminan realizando- dijo más o menos la nube.

         Alcé la cabeza dentro de la nebulosa blanca (como las sabanas que mi casa no tiene) y como queriendo mirar a alguien que jamás aparecería

         -Es muy raro lo que usted dice y sin embargo no estoy de acuerdo, no es un capricho sino un acto de liberación cumplir años, además aquí está el pecado, en derrochar años y dinero; la utopía del hombre es poder guardar en su banco los años y con el tiempo conservar la juventud, poder comprarse una imagen que le dure por siempre, algo que, obviamente, nadie termina realizando.

         Le voy a decir algo más señora nube, y a usted divinidad celeste y prolífera que sustituye un confesionario; como somos pequeños, la unidad nos consolida, y la necesitamos para demostrar que sabemos ordenar las cosas. Miren ustedes, con los cajones de estrellas y nebulosas desparramados por toda la habitación del universo.

         -Las guerras, la diferencia de clases, el hambre, la pobreza, ¿de que unidad me habla?- respondió la nube enfadada y con la efervescencia de un bloque de tornados a punto de construir otra cosa en la ciudad. Además ya no hablaba a la inversa.

         -Tiene razón- le dije dubitativo; -pero el amor y después de todo las sociedades, los países, no puede negar la cualidad unificadora que poseen mis semejantes.

         Esas fueron mis últimas palabras. Eran escenas sacadas de otra vida sin costumbres que se esfumaron de golpe como lo podría haber hecho un rayo de queso.

         Mi camino prosiguió de la misma forma que antes, previo al entorno comprometedor. Conservaría aquellos episodios como influencias necesarias para mantener una charla decente.

         Con actores y actrices jactándose y ocupándose de instituir otro mundo además de pensamiento y lo que vemos. El pueblo respondería ante semejante propuesta. Yo sigo pensando que cada esquina encierra un teatro, al menos con el telón alzado en el techo de una “te ve”,  y disculpen si la nube salió al aire hablando de más.       

 

 

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