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Diarios completos del viaje por Europa (2016/17) - primera parte -

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 TAGS:undefinedAño nuevo en Madrid - Una cueva islámica del siglo X en Toledo

No salgo de este tipo de asombro: cuando estuve en Madrid, me enteré de un tour para pasar el día en Toledo por 25 euros, con el viaje ida y vuelta más guía incluido: una chica mexicana con la que antes de llegado el mediodía habíamos recorrido todos los principales espacios y monumentos de interés. Habíamos comprendido el significado histórico de aquella ciudad hecha de piedra y acero parecido al Valyrio. Esto fue exactamente el día 2 de enero del pasado año, mi idea era quedarme en Madrid hasta esa fecha pero fue tan tentadora la propuesta descubierta para ir a la que alguna vez y por muy poco tiempo fue capital de España, que cambié mi billete de vuelta a Barcelona por una noche más.

Festejando fin de año en Madrid junto a un madrileño, un coreano y una pareja conformada por un polaco y una chica marroquí (con la cual tuve una conversación muy interesante sobre los prejuicios sociales y religiosos y la violencia institucional que viven las mujeres en el país del norte de África) hicimos la de comer 12 uvas durante las 12 campanadas (tradicional costumbre para tener 12 meses de "buena suerte y prosperidad") y brindamos con champagne, contentos, entusiasmados: eramos unos extraños que el año nuevo los volvía familia; pero pasada la hora ya había problemas con el madrileño, la chica lloraba porque la había llamado el padre del rubio polaco (quien me resultaba bastante engreído). Al parecer, el padre de éste quería denunciar a su propio hijo. Y él la abrazaba (o ella a él) y le decía que nunca los iban a separar. Mejor me voy a dormir, pensé. Que mañana tengo un día más para aprovechar. Mañana me voy a Toledo.

Barthes habla del haber estado allí de la fotografía, como cuasimagia, un acceso primordial del deseo, una especie de huella milagrosa en la que pasado un tiempo nos sentimos sorpresivamente reconocidos en aquel lugar donde la misma fue tomada. Creo que el sentimiento de asombro pasa más que nada por esta idea albergada en mis recuerdos, haber estado, en este caso, en una cueva Islámica del siglo X.
Casi con disimulo, entre las calles toledanas, con su judería, sus negocios de cerámica, cuchillos, restaurantes, y el Greco (sin olvidar el Quijote de mazapán más grande del mundo. ¡Y la ruta del hidalgo errante marcada en las paredes con una cruz!) se me apareció una puerta pequeña con un cartel oscuro que invitaba a conocer el espacio: una cueva, convertida en museo. Toledo tiene esto, que en vez de cruzarte con un supermercado chino a media cuadra se te aparecen lugares de estas características, junto a señales con dinastías de dragones y casas de collares y anillos fabricados (literalmente) para las películas de Peter Jackon.

Al cruzar la puerta me encuentro con una escalera muy estrecha que conduce a la "boletería". Un joven de pelo largo me da la bienvenida y me dice el precio de la entrada: 2 euros ¡2 euros! Lo primero que intuyo al entrar es una distancia con la historia que se reduce simplemente a cero. O que se superpone al ahora que estoy viviendo. Me siento satisfecho antes de recorrerla. Mi conciencia ha obtenido ya todo lo que ansiaba, sentirse parte de una totalidad histórica. Sentir que puede formar parte de un tiempo agregado. Pre-natal. Allí dentro se respira con dificultad. Hay un aire húmedo, el aire es como un animal mítico que baja de aquellas columnas de estilo mudéjar (puestas evidentemente con posterioridad) y recorre las paredes en la forma de escudos de casas medievales. La casa está maquetada como recorrido mágico (Orden del Toledo Oculto); la herencia oculta del hombre primitivo se conserva como un cáliz templario que debe protegerse de la historia oficial. Me detengo en cada una de estas historias y tesoros, como por ejemplo en La mano de la gloria, un macabro amuleto, la mano izquierda disecada de un ahorcado "que posee la reputación de volver a su propietario invisible y el de dejar paralizado y mudo a aquellos que miren fijamente su luz"; pero lo que me arrastra de verdad, en lo que no dejo de pensar mientras miro y observo esos extraños elementos es en este antro como habitáculo desconocido del que estoy formando parte. ¿Quienes habrán estado aquí? ¿Por qué es una cueva? ¿De quienes se escondían? Si es que se escondían ¿Qué era lo que hacían?

Pero las respuestas no las necesito, más bien porque me siento inspirado, abatido con solo formularme las incógnitas, quiero llenarme del misterio que me rodea de aquel folclore musulmán, como si el vacío de todo el tiempo de antaño fuera efectivamente una especie de misterio inhóspito con el que mi alma cuece sus vértigos del estar viva en el mundo. Esto me había pasado ya en una casa templaria en Lérida que tenía una especie de bodega para que aquellos hombres guerreros devenidos hospitalarios se escondieran de los ataques extranjeros. Por dios, estoy aquí, han pasado siglos para que yo también sea parte de este suceso. Es algo que me supera completamente, es mi culminación en lo que a revolución mental refiere. Bueno, allí estoy, aquí estoy, parado dentro de la cueva sin saber mucho qué hacer pero con el entusiasmo de un niño que no para de asombrarse con lo que sus ojos le revelan tempranamente del mundo exterior. Podría decirse que es un éxtasis, nosé si hay cámaras vigilándome, si hay espíritus vigilándome, espíritus que se sienten ahogados allí dentro, condenados a llevar la historia por debajo, en túneles y cuevas.

Cuando salgo finalmente sigo con los tiempos confundidos. No estoy en mi época, claramente, al ver un monasterio que data del Siglo XII. Han pasado solo dos siglos.
Ahora lo recuerdo y mientras escribo siento que le puedo extraer más al viaje, que debo necesariamente hacerlo.

y cuántas veces te gritó: "Hazme un sitio en tu
montura
y llévame a tu lugar".
J.M.S

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Relatos de Florencia - Papas fantasmas
La máscara de Dante
Florencia medieval

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Me había hospedado muy cerca de la estación Termini, en la madre Roma. Eso era como Constitución pero de primer mundo. En aquel piso me encontré con unos pibes muy barderos que se la pasaban escabios ensuciando y rompiendo cosas. Un día se fueron al carajo, cortaron un cable del calefón dejándonos a todos sin agua caliente. Lo peor fue que el encargado empezó a acusarnos (en un idioma que fusionaba por lo menos tres lenguas) a nosotros: un grupo de latinos que tuvimos que tomar cartas en el asunto y decir, con el lenguaje universal de las manos, de dónde venían los disturbios.

El chileno (a quien si me está leyendo le mando un saludo) se sintió un poco asustado, porque claro, a él le había tocado dormir con ellos, y tenía que volver a la pieza después del conventillo armado con los ahora dos encargados (fusionaban como mínimo seis lenguas) que muy enojados les llevaron por cada uno de sus pecados, aclarándoles (o tratando de aclararles) que a primera hora del siguiente día tenían que abandonar el lugar. Rajar, en nuestro lunfardo. Al otro día me iba a Florencia, y debo decir que a mi regreso a Roma la noche del mismo otro día, ese invento de hostel parecía un verdadero paraíso con la marcha de aquellos demonios. Para mi, sin embargo, el milagro había sido Florencia.

No podría resumir, o mejor dicho, reducir a palabras aquel memorable día, más bien por respeto a nuestros sentidos de la vista (vida): cómo explicar lo que se siente al ver todo ese complejo (una especie de manzana olida por Eva) llamado: el Baptisterio y el Campanario de Giotto, la Basílica de S.Maria del Fiore (o Catedral) con la Cúpula de Brunelleschi. La historia baja cual ángel negro desde un podcast para decirme que allí mismo intentaron asesinar a los Medici (Lorenzo safó, mientras Juliano fue apuñalado 19 veces, desangrándonse hasta morir sobre el suelo de la catedral) La historia sube con la mirada blanca que se pierde allí donde alguna vez fue bautizado el mismísimo Dante Alighieri: no alcanzo a ver el cielo, es un cielo cubierto de privilegio.

La máscara funeraria de Dante está en su Casa Museo. La estuve buscando (sin buscar) durante toda la tardecita, después de bajar de la Piazzale Michelangelo y tomar el sol de sus empinados y verdes caminos que vuelven a desembocar en el río Arno. Recibo una cálida bienvenida (qué ironía) al hogar del creador literal del infierno, ese mismo que habita en nuestro imaginario colectivo. Cuando por fin la encuentro, me acuerdo de la película Inferno, a la que justo había ido a ver en Barcelona poco tiempo atrás, cuando aún desconocía la planificación de este viaje (me gusta llamar a esto coincidencias de sincro-destino) La veo una y otra vez. ¿Será la verdadera? ¿Será? No lo creo. De frente a la máscara, ésta me produce un efecto corrosivo, siento que me refleja desde su muerte, con su nariz aguileña y sus cuencos que quedaron lejos, muy lejos de la mirada enamorada puesta en Beatrice (ahora me estaba no mirando a mi) Incluso el amor nos convierte en polvo, pienso. Pero en Dante fue un desamor, fue el exilio. Fue la Peste Negra que flotaba como un vampiro sobre Florencia. Debo decir que aquí, en Florencia, siento como en ningún otro lugar en el que estuve esto de haber viajado hacia atrás en el tiempo, que estoy en la Edad Media, con sus plazas donde la gente participaba de juegos publicos y partidas de fútbol (Piazza S. Croce) y sus calles bien angostas: más posibilidades de que mis pasos coincidan con las huellas de un Dante, un Miguel Angel, o un Leonardo. ¡Un Leonardo! Me pregunto cómo éste punto del globo T. ha tenido la suerte de criar tales genios. Debe haber algo escondido por aquí, alguna buena estrella que pasó por el cielo florentino, en esta bóveda que encierra Florencia y la guarda en un tomo primero del Renacimiento europeo.
Florencia como decía también medieval, con su puente Vecchio (el único puente sobreviviente hasta hoy desde el 1345) y su materia de gastado color que le da el tono de los retablos de las iglesias. Forencia es un retablo. O más bien un relato. Una serie de relatos que se mezclan con la realidad. La muerte imposible de un Thomas Mann. Un septo de mercaderes cuyo movimiento aun se hace oír por sus enervantes espacios.

Pero insisto en cómo decirlo, si todo lo que se siente atraviesa el cuerpo, como una pestilencia que todavía está en la enjundia del aire, una pestilencia digamos, retórica, sacramental, que agudiza el aparato perceptivo. La historia de Europa, su historia oscura y también su luminosidad. Porque Florencia es cuna del arte, porque Florencia fue fabricada por artistas, contada por el poeta y condenada sobriamente al paso del tiempo, a ser una especie de holograma de la historia, como esos libros ilustrados donde se superpone la imagen presente a la imagen antigua. Es realmente inquietante sentir esta congregación de fieles artífices y fantasmas de la vieja Toscana.

Afuera. Miro la puerta de la casa de Dante (la verdadera) que está a media cuadra del museo. Una lampara sobre ella parece colgar de hace siglos. Me imagino a Dante saliendo, pisando la misma calle que estoy pisando, como una especie de milagro de la convivencia con los seres humanos más conocidos del mundo.

Hablando de fantasmas, voy a escribir ahora sobre los papas fantasmas: así denomino a una imagen que me quedó impregnada en la retina. Una imagen que tuve cuando nos mostraron un lugar exacto, casi llegando al Vaticano, por donde los Papas escapaban cuando las cosas se ponían fuleras en serio. Es la imagen adjunta a estas crónicas, por allí mismo huían: era un pasadizo que conectaba con la salida de la Casa. Cuando me lo cuentan, la imagen se me superpone a lo que estoy mirando; pero es difusa, como si estuviera recubierta por un manto de neblina. Allí van los papas fantasmas, repitiendo el rito de un escape, asustados, tenebrosos. Algunos han podido lograrlo, otros quedaron a medio camino. Después están aquellos "anti-papas" (así llamados) que no pudieron hacer el "ascenso al cielo", como el papa Formoso, exhumado para ser juzgado (si, leyeron bien) en el Concilio Cadavérico de 897.

Es de veras inquietante vivir este rito, la historia se reconstruye con nuestra imaginación. Una historia que no parece haber pasado, sino que se vuelve un tránsito que va y viene delante nuestro. Aquellos papas han de regresar en este laberinto teatral donde todos los caminos conducen siempre a la loba Luperca.

Y allí termina el tour a pie al Vaticano, que había empezado en la Plaza España. Ahora me voy a visitar la Capilla Sixtina. Pero primero tengo que comer algo, estoy con un hambre bárbaro, soy como un Sancho perdido sin su compañero de lucha. Otra vez, podcast mediante, me entero que Sancho tenia permanentemente hambre porque hambre fue lo único que acumuló durante años: "quien ha pasado necesidad dice que el sentimiento del hambre no se olvida nunca, y en esto Sancho me recuerda a mi madre, que aun hoy sigue rebañando el plato porque no se olvida del hambre que pasó en la Posguerra"

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El castillo de Montjuic - La Conquista de Almería /
La pirámide de Louvre.

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Habíamos llegado con el amigo venezolano, Francisco, sin saber que allí, en la colina donde se emplaza un enorme edificio congresal, no terminaba todo el imaginario Montjuic, la montaña mágica de Barcelona. Pasaron unas semanas para caer en que aquello no era el castillo que figuraba en las guías más sofisticadas sino un palacio (Museo Nacional de Arte de Cataluña). Este fue como el lento y sorpresivo encuentro que fui teniendo con aquel antiguo condado medieval, una tierra de proporción engañosa que poco a poco iba comprendiendo. Más allá, subiendo con el funicular, se extiende un camino que puede hacerse en teleférico, o mejor (como lo hicimos) a pie, atravesando un bosque semi-empinado cuyo fuerte aroma vital a pino fresco termina por llevarnos directo hacia las grandes puertas del castillo, el verdadero castillo de Montjuic. Qué bella sorpresa, propia de un encantamiento épico. Pero aquel no era el clásico castillo que te podés encontrar más por la zona de Francia, Alemania o el centro de España. Tenía más bien el peso de una fortaleza: un fuerte que lo veía todo desde allí, cara a cara con el horizonte infinito, como un enorme ancestro animal que espera la aparición por mar de fieras que puedan atacar sus tierras catalanas. De allí, pues se monitoreaba todo, de allí se podían predecir acontecimientos cruciales para la historia. Este movimiento de flotas fantasmas se me presentó con notable precisión, como la pintura noble y romántica de un museo imaginario abierto a las corrientes casi impalpables de los vientos del mediterráneo.

Esa es una torre de vigía, (una de las piezas que lo hace valer como castillo típico medieval) la veo desde un playón ubicado en la terraza, donde podría hacerse tranquilamente un picadito o una carrera de metros largos. Es maravilloso, y puedo ahora decir que he cumplido una especie de sueño: entrar a un castillo.

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En el sur de España hay muchos lugares que tienen las marcas vitales de la reconquista: una herencia musulmana llena de alcázares reales, mezquitas y murallas. La Alhambra. Incluso en el arte de la cerámica (sevillana) se encuentra este verdadero crisol de culturas; en las especias de Valencia, y su Lonja de la seda, gris llameante y de ornamento majestuoso hecho por artesanos magos orientales. Restos de una muralla en Murcia, Málaga y Almería. Y aquí me detengo: Almería. A pesar de la aparente lejanía me encuentro con el cariño recibimiento de parientes hermosos y bien cercanos; también Almería es para mi el recuerdo de un amigo: en un acto de designio artúrico nuestros cuerpos son invertidos en la rueda de la fortuna: él ahora en Baires y yo en Almería.

En ese momento todo parece un estrellazgo de la secuencia del mundo, la poción vivir y dejar vivir a la vida que hay en mí. Esta es mi reconquista, de cuerpo y alma. Almería fue mi reconquista.

Cuando visitamos el Arrecife de las Sirenas me acuerdo de Ulises cruzando con la barca unas aguas rodeadas de sirenas: "Según la mitología, estos seres vivían en una isla del Mediterráneo. Con su música atraían a los marinos, los cuales quedaban aturdidos por sus voces y sonidos, y el barco ya sin el control humano acababa estrellándose contra los arrecifes. Las sirenas se los terminaban devorando. Homero cuenta en la Odisea que, conforme el barco se iba acercando a la isla de las sirenas, y bajo el consejo de Circe, Ulises ordena a sus marineros que se tapen los oídos con cera para no caer en el embrujo del canto. Por el contrario, él, con gran curiosidad por escuchar la música de las sirenas y aconsejado de nuevo por Circe, hace que sus hombres lo aten al mástil para que, al oír a los seres mitológicos, no quiera tirarse al mar. Cuando las sirenas comienzan su canto el Odiseo quiere soltarse, aunque sus compañeros, muy leales, no se lo permiten". Aquí se oye el canto, entre las piedras, o más bien las piedras y corales amontonados en la ribera son el testimonio petrificado de que aquellos mitológicos cantos de las sirenas han existido. Menos mal que no tengo que taparme también los ojos, pienso.

Mi despedida de Almería culmina en lo alto de las murallas, una de las mejores conservadas de los tiempos árabes. Es una postal de Almería, con sus restos de historia. A lo lejos creo alcanzar a ver sirenas que se deleitan en la orilla del mediterráneo. Un eco lejano me seduce, fervientemente, mientras los pintores y gitanos se mandan hechizos para que Almería se siga viendo tan atractiva y exótica, tan cercana.
Menos mal que no tengo que taparme también los ojos, vuelvo a pensar.

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Quisiera intentar describir el estado en que me encontraba al ver por primera vez la pirámide del Louvre, porque esto tuvo consecuencias a largo plazo, como por ejemplo la confección de este diario. También consecuencias de carácter simbólico: el encuentro de novela con un Santo Grial que reposa bajo este manto de estrellas. El frío cerca de la guadaña hizo de mi cuerpo un vehículo extraño. Mi conciencia tomaba otro cáliz (de frío) mientras el guía (un historiador español con máster de historia en La Sorbona) nos volcaba toda la información que de París pudiera saberse, y con un entusiasmo de aquellos, algo que a mi me conmovió. Ya cuando se hacía de noche, una vez recorrido los principales espacios de interés, como la Catedral de Notre Dame, monumentos napoleónicos, los puentes que cruzan el Río Sena, el lugar exacto donde mataron al último maestro de los templarios: Jacques de Molay, etc. Como por arte de magia negra llegamos al antiguo palacio del rey (Versalles todavía era la utopía de una monarquía cada vez más absolutista, cada vez más cerca también de su guillotinamiento): una estructura arquitectónica que parecía abrirse al infinito de formas proporcionadas atravesaba el extenso patio. Jamás hubiera imaginado que aquello no terminaba allí, que del otro lado íbamos a encontrarnos con una pirámide enorme y transparente, iluminada vivamente, como si se estuviera comunicando con sus ancestros de piedra al otro lado del continente. Me llamó muchísimo la atención y eso que estaba técnicamente drogado por la sensación gélida y el panorama que se abría en mi cabeza a cada centímetro que hacía de la ciudad de la luz: bajo un manto de estrellas, sobre la bóveda oscura, la pirámide gigante se alzaba ante mi como un códice que había caído (no había otra manera de entender cómo eso estaba colocado allí, entre tanta decoración neoclásica) para develar los misterios de la humanidad, en otro intento de la tecnología por reflejar una constelación sobre la tierra.

Allí estaba, con el frío que de los huesos había pasado a mi cerebro, como un nutriente energético natural. Y la pirámide había sido el milagro, la alquimia de no sentir más ese frío intenso, o sentirlo ahora de otra manera, cálido dentro mío, consumido por la inyección que me estaba dando aquel enorme y extraño objeto aterrizado (alcanzo a escuchar "hecho en homenaje de su productor a una actriz joven muerta").
Este fue el milagro de un fuego que no se iba a consumir nunca, el milagro de la pirámide del Louvre.

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Un centro energético en Montserrat - El cielo de Lérida /
Girona Plató

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La montaña de Montserrat posee un secreto, que además se esconde entre tanto macizo, cueva ermitaña y elementos religiosos. Por allí arriba, caminando hacia uno de los extremos, se alza una pequeña estructura semi curva de cemento que delimita un espacio. En el centro de aquel "circulo mágico" hay un punto, más bien una baldosa pintada de blanco en la que se producen cambios a nivel vibratorio. No sabemos si por influencia de uno cuando se para en ese lugar exacto o por algún tipo de autonomía de los portales invisibles que cubren la tierra. Lo cierto es que cuando uno se coloca allí (y sólo allí) y empieza a proferir sonidos, sucede algo muy extraño con la sensación corpórea de nuestro espíritu (o la sensación espiritual de nuestro cuerpo), en el reverberar con que se oye ahora la voz. Pero eso casi nadie lo sabe, yo tuve la suerte de encontrarme con uno de esos magos de la vida que me dijo y señaló dónde: prosapia del espacio inhóspito.

La gente camina por aquel recodo que da a uno de los abismos sin reconocerlo, no hay cartel indicativo ni nada que al hombre se le parezca, sólo ese límite, ese circulo caucasiano que obedece a un rito curativo (allí me dice el mago que se organizan grupos de meditación) donde las fuerzas energéticas confluyen al tiempo que se vuelven parte de una odisea espacial.
La sensación es única y le suma un tiempo otro al espesor histórico del Monasterio de Montserrat. Pero el vínculo es secreto y descubrirlo sorprende más incluso que su virgen Negra y los macizos de piedra que inspiraron a Gaudí.

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Cuando la tarde llegaba a su fin, Lérida se puso a llorar como loca. Un rato antes, yo salía de Seu Vella, ubicada en el corazón alto de la ciudad. Había estado paseando por el claustro más ancho de toda Europa: iba y venía y no quería dejar aquel espacio imposible por nada en el mundo, curtiéndome de toda aquella vida eclesiástica como un verdadero peregrino que se prepara para llevar a cabo el camino de Santiago: es como si el destino me hubiese depositado allí, y eso tenía para mi algo de verdadero valor, sin importar mucho el qué, este dejar fluir sin agenda estaba produciendo un efecto demoledor en la conciencia.

Entonces, cuando salgo, veo el cielo de Lérida, como nunca había visto antes al cielo. Parecía estar edificando la tormenta más grande del siglo; una congregación de seres grises desafiando la edad del tiempo.

Uno de los encargados de aquella comarca tomaba fotos y me decía que nunca antes había visto una cosa parecida (y eso que estábamos de espalda a una Catedral de proporciones admirables), yo agradecía porque este "mar de arriba" se había aguantado todo el día, o casi todo, para que pudiera recorrer los lugares de la mejor manera posible: el mediodía en el conjunto monumental de Gardeny (una casa templaria) era ya un recuerdo acuoso, y la subida empinada más tarde hasta la calzada del cerro Turó de Lleida, donde se encontraba este complejo de los tiempos del románico y gótico, con su monumental arquitectura ("música congelada") reposando en el silencio más perpetuo de todos, un silencio sin embargo cargado de voces que aún siguen dando retumbos allí dentro.

Lleida (Lérida en catalán) llegaba a su fin, y bajo la lluvia me fui directo para la estación, no sin antes pasar por una librería y comprarme un libro sobre Cristóbal Colón y los Templarios. Si, aquí todo tenía que ver con todo.
Era el destino.

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Girona no es un plató. Es una reserva natural del pueblo medieval europeo, con su judería (la mejor conservada de todas) que de tanto caminarla puede que te lleve a otra dimensión. La otra verdadera dimensión sí es un plató, insólito, que se superpone a Girona para grabarla, para ambientar productos que parezcan filmados en otra época.
Cuando visité Girona la primera vez me llevé una (primera) gran sorpresa (posteriores sorpresas fueron la de toparme con su hermosa muralla o descubrir que mi apellido es originario de allí mismo) que fue encontrarme de golpe caminando por las mismas calles donde se filmó la última temporada de la serie Game of Thrones. Comprendí que allí todos seríamos parte de un imperio mágico, los que venían a representar, a poner en juego su vida, haciendo el sustrato de apariencias y secuencias en un mundo donde no existe todavía la exposición mediática más que para ser juzgado por un Septo de...
Me embargó una alegría total, un fanatismo de aquellos, que me hizo empezar a mandarle mensajes a todos mis amigos y amigas que siguen también locamente a la serie. Como si esto fuera poco, a la tarde descubro que Girona tiene uno de los mejores museos de cine de toda Europa. Me convenzo de que Girona sí es un plató. Empiezo a sospechar (como un literato de historias fantásticas) que aquí los mundos están invertidos, que no se puede dejar de Ser hasta una vez tomado el tren de regreso.

Porque es en la ciudad moderna donde volvemos a ser pura representación, pura imagen. Y como si esto fuera aún poco, termino con el amigo venezolano, Francisco, ya todo un compañero de hidalguía, en una fiesta electrónica de reggae con las paredes de los edificios y las torres románicas vibrando!

Estoy a punto de creer que todo se desmoronará, que el juego de tronos finalmente terminará, aunque no queramos.
No queremos porque somos románticos y nos gusta volver una y otra vez a aquel mundo medieval de caballeros, espadas y magos. Y caminantes blancos.

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Guernica / La Mezquita de Córdoba [una de esas calles con macetas azules]
/ El viento de Cádiz
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Voy a tratar de limitarme (aunque me resulte difícil) a poner en palabras las sensaciones que tuve frente al Guernica, la obra de Pablo Picasso que se encuentra en el Museo Reina Sofía. Creo que el arte pictórico requiere (para su análisis) de las sensaciones tuyas más que ninguna otra cosa. Si lo hiciera por ejemplo meramente descriptivo no me quedaría con nada. Describirlo como el bombardeo del Guernica jamás nos dirá nada sobre el Guernica que dibujó Picasso. Y sin embargo todos sabemos que está hablando de eso (así supongo que vemos sin miedo, sin temor a caer en los abismos del artista, cuando nos hacen conceptualizar todo lo que miramos) A mi me gusta incorporar a las sensaciones (sabía que iba a resultarme difícil) las causalidades que se presentaron en aquel momento, porque estoy convencido de que todas las cosas se conectan, de que siempre suceden cosas como para creer que para llegar a tener la experiencia que se tuvo (en este caso contemplar el Guernica) hubieron de darse una serie de hechos especiales, que después cuando se los recuerda, todos bien ordenados en los cajones del pasado, se entiende (o empieza a entender) su verdadera naturaleza. No digo que llegar a ver el Guernica fue un milagro. Pero siempre me encuentro con algo parecido a eso, a un milagro.

Mientras esperaba en la librería del museo a que éste abriera, ya se había formado una cola bastante larga, de jovenes la mayoría, aprovechando este regalo de la vida (como le llamo a los días en que la entrada a los museos es gratuita) Al entrar finalmente trato de buscarlo por mi cuenta, pero me doy por vencido fácilmente, no por la dificultad de llegar a dar con el pabellón donde se encuentra efectivamente la obra, sino por haber caído en otro donde pasaban un documental en imágenes computarizadas sobre las formas de esclavitud en las minas del Potosí. Pensaba en el Guernica, pero no me podía ir de lo bueno que era aquel audiovisual sobre colonialismo español, un poco intimado ya porque los guardias veían que todos seguían y yo me quedaba allí. Al final para qué lo ponen, «pienso» ¿Para darle una pasada? Pero no me importaba y volvía a pensar en el Guernica, casi que lo fui a ver con la imaginación (habría sido hasta ese momento lo mismo que contemplarlo desde mi casa, lo que habla de la magnitud que tiene una obra cuando se vuelve un poco parte de todos los humanos) Entonces, como decía, termino de ver el documental y prosigo con el trayecto sin sabérmelo, en una especie de laberinto o feria donde la conciencia queda absorbida en el arte. Camino y camino. Pregunto y por fin llego. Y cuando lo veo pienso en dos cosas (¿antagónicas?), en Miguel Angel y en un niño. En realidad no pienso, luego existo y luego lo empiezo a observar desde diferentes ángulos. Sus dimensiones son tan amplias que uno parece haber ingresado a un sueño, o a la de-construcción de un sueño: en partes agresivas, en partes atrofiantes, en partes triunfales y en partes fracasadas, de un hombre plenamente consciente de que ha legado su historia clínica y la de todo un pueblo.

Porque su obra incorpora un nuevo arquetipo de la devastación en forma de juego, cuya (des)figuración atenta contra la humanidad toda, con devorársela cuando se para frente a ella. Como una especie de justicia por el crimen cometido. El sueño del que estamos formando parte no es necesariamente una pesadilla, sino un aprieto, una cosa desagradable y ludica al mismo tiempo, que acusa, pero también que llora que sufre que se autodestruye, como si fuera un ying yang de la permanente autodestrucción. De la secuencia que se repite una y otra vez. Y todo sobre un mismo plano.

Eso fue lo que mas me llamó la atención, que Picasso no tuvo que recurrir al cine para contar su obra, para contar su historia.

*Un ultimo detalle: mi secuencia guernicana cierra de una manera muy particular, porque no me quería ir y cuando finalmente tuve que hacerlo lo hice muy lentamente, sin dejar de mirar el inmenso cuadro. Una pared blanca (la del pabellón contiguo donde ahora me encontraba) se fue superponiendo por delante. Mi cuerpo con su movimiento, en una especie de travelling iba tapándolo de a poco, se lo va iba tragando con ese vacío blanco aun mas espantoso que la imagen múltiple del Guernica. Porque ya no lo iba a ver más, porque ese blanco terminaba siendo el miedo a que ni siquiera quede la posibilidad de soñar.

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Estuve en Córdoba un par de horas que me alcanzaron primero para comprarle un libro a una mujer poeta y encantadora, que también me lo firmó, en medio del Puente Romano que cruza el Guadalquivir. Esto queda como una agradable anécdota, bajo el cálido sol de esta otra Córdoba, después me di cuenta que su libro era solo un cumulo de alabanzas a Jesús, y se me cayó un poco el ídolo.

La idea era conocer su Mezquita-Catedral (conjunto monumental) "de arquitectura islámica, con ecos helenísticos, romanos y bizantinos, que se funde con la cristiana en una de sus expresiones mas bellas" Casi como un capricho, producto de las posibles rutas de regreso. Si. Había que conocer también la mezquita, después de haber visto La Alahambra en Granada, de quedar literalmente manija con la Alhambra. Había que unir las piezas, atar cabos, compaginar el itinerario. La mezquita es otro de los milagros, la pata cultural que faltaba de esta bella y fina España musulmana.
Mientras aguardaba para entrar se me ocurrió ir a dar una vuelta por los alrededores.

Oh si, adorable ocurrencia. Me encuentro con que por ahí nomás se encuentra una de esas famosas calles del barrio judío, con sus macetas celestes y flores rojas colgando de las paredes blancas: abreviatura del imaginario andaluz que desemboca en un mágico cul-de sac en miniatura, con su hermoso aljibe. Una de las cosas más inhóspitas y placenteras de recorrer España había sido la de caminar por sus estrechísimas calles de los calls y ahora se le sumaba a esta experiencia la belleza de sus macetas coloridas. No quería hacer un parentesis para hablar de ésto, porque realmente no lo fue, es que duró apenas unos minutos por lo que me ha quedado muy efímero el recuerdo. Un prologo al hermoso sueño que vino despues dentro de la mezquita. Así podría definir a la Córdoba de España, una sucesión de prólogos de "magia incantacional" a los sueños que trascienden el tiempo. Y ante la imposibilidad de ser realistas, voy ahora a sumergirme en esta reliquia consagrada primero con la fundación de Abderramán I y las sucesivas ampliaciones hechas por Abderramán II, Alhakén II y Almanzor.

Lo que me aguarda allí es una concavidad completamente hipnótica gracias a los miles de arcos superpuestos de herradura y medio punto suspendidos sobre sus altísimas columnas. Es realmente una maravilla de la creatividad del hombre, no dejen de visitarla si alguna vez se les presenta la oportunidad, es una experiencia absolutamente fascinante. Y muda, como la mejor de las literaturas, la mejor música para nuestros ojos, un sueño 'lynchiano' donde el tinte rojo de estos acueductos camuflados en arcos de triunfo (o viceversa) se funden con el oscuro espacio. No hay un sentido único que atravesar y el imperio de la vista se ve obligado a levantar sus ojos, como si el templo hubiera destronado al propio hombre del mundo sumiéndolo en la oscura sala y condenándolo, obligándolo a levantar su vista una y otra vez hasta perderse en un entramado místico.

Y ya debemos volver. Get Back. Mientras sigo hipnotizado en este cielo secreto de Córdoba, en este mapa de regreso a las fuentes de una civilización de verdaderos artesanos del espacio, y del tiempo.

***
A contramano del viento recibo a Cádiz con mi carabela desarmada. El sol en Poniente, casi un vestigio de dioses Fenicios que han dejado (mientras iban camino a las frías islas de más al Norte) todos sus misterios sobre estas tierras.
Con los bolsos llego hasta un edificio del siglo XVIII devenido hotel: allí pongo punto a mi coordenada y calor a mis desventuras.

En Cádiz se siente como algo de abismo, de límite con el más allá de los mares, donde no se sabe aun muy bien cuánto hay de cierto en el imaginario promovido. El mundo era un mapa inconcluso, vasto para la creación de mitos y leyendas, una tiniebla para el corazón del hombre.

Aquí el viento todo lo empuja, estoy en la entrada al Castillo de Santa Catalina. Los portales del tiempo se abren a fuerza del viento. Un eco lejano, muy lejano y rabioso pone sobre la piel el recuerdo de una Armada Invencible, de las batallas fantasmas que ahora pueblan los mares del Atlántico. Allí estoy sentado, frente a la cámara, chupando todo el frío, todo el viento de Cádiz, todo el viento que viene hacia Cádiz, todo el viento que se va de Cádiz. Estoy entre medio de una disputa invisible, invencible. Y es cuando entendés que todo poder, toda nación e imperio. Toda carne se reduce a polvo. Y después a viento.

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La Sorbona - Notre Dame
Un café en la Bastilla
/ El Puente viejo

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«Esta masa negra o así ennegrecida es la llave, principio y señal de la perfecta invención de la manera de obrar del segundo régimen de nuestra piedra preciosa. Por lo cual, dice Hermes, si veis la negrura, pensad que habéis ido por buena senda y seguido el buen camino.»
El misterio de las catedrales
Fulcanelli

Cruzando hacia el otro lado del río Sena (este lado siempre será el de la Catedral de Notre Dame), si se camina un poco más allá de los puestos de libros y dibujos, si no le pifiamos (si los mapas fotocopiados coinciden con la realidad original) al meternos por sus paralelas apareceremos ante la enorme Universidad de la Sorbona (1253). Y si se la bordea por derecha, como si estuviéramos en calle Viamonte dirección a la facultad de Medicina, llegaremos al Panteón. Es allí donde siento un extraño vínculo con la geografía: me encuentro en una zona 0, en una especie de plataforma histórica donde se alzan victoriosos: Victor Hugo, Voltaire, Rousseau, también hay un levantamiento de jóvenes eternos; Descartes en la forma de Rue, que es por donde ahora sigo el camino: esto se ha vuelto una travesía filosófica con rumbo incierto (que es el rumbo más apropiado a la filosofía) Y no dejo de fotografiar su nombre, dándome a entender para el pueblo de aquella maravillosa ciudad que soy... que pienso y luego existo. Que tengo tiempo para asombrarme por estas cosas que vienen de mis aventuras con la academia. Ahora lo estoy comprobando. Ahora existo sin pensar tanto, o pensando en compañía de la vida. Y así, por entre las callecitas (como Alicia en las ciudades el mundo se reduce asombrosamente de tamaño, ¡y veo cafés y pubs formando curvadas esquinas!) mi alma siente el resurgir de una caminata de infancia (lejana en el tiempo) Cuando menos lo pienso, estoy dando vueltas por el Barrio Latino. Qué decir, qué decir. Que no me detengo. Que sigo y sigo. Atónito. Feliz, paseando con los ojos como platos, "ojos como platos" era un pensamiento-emblema que me repetía a lo largo y ancho del viaje.

Más tarde anduve perdido durante dos horas, casi que no llego al tour a pie de "misterios y leyendas" que empieza después del ocaso, partiendo de Notre Dame. En realidad, más que haberme perdido, el recuerdo teñido me lo pinta como una gran dificultad que tuve para regresar en el tiempo, a los pensamientos y los horarios.
Y allí estoy nuevamente frente a la Catedral. Sus custodios son ahora reservados a los misterios de la noche. A sus verdades de historia.

La fotografía de una Notre Dame militarizada en pleno día me parece muy significativa. No sé muy bien por qué, pero siento que lo es, tal vez por esto de que la noche siempre cambia de mandos; es cuando aquellos soldados podrían llegar a encontrarse con los espectros de sus reyes, como en Hamlet.

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Cuando llegué a la Bastilla me encontré que estaba tomada (literalmente) por una publicidad de Spotify. Qué ironía «pensé» y me senté a tomar un café justo ahí en frente, desde donde podía seguir mirando su monumento. Acá los cafés tienen las mesitas colocadas de cara a la gente que camina por la vía publica. Como si fuéramos espectadores y aquellos actores que re (se) presentan para nosotros. Quién sabe si alguna obra en particular. Quien sabe si la vida sea la obra que ignoramos representar de Dios (en este caso me engaño creyendo que ahora soy un espectador) o un simple e improvisado juego de la materia y el universo. Lo cierto es que aquí se nos permite mirar(nos) de esta manera. Trato de comunicar a la persona que me ha atendido aquella idea de la toma de la Bastilla devenida en propaganda publicitaria pero fracaso en el intento. El hombre se me pone a hablar sobre otras cuestiones. Mejor no la sigo «pienso» No sea que meta la pata y termine por alguna confusión en la guillotina.
Mirando hacia la Bastilla, confirmo que esta paradoja de la historia es más que interesante. Al menos para evocarla en un diario o mensaje de Wasap. Es increíble pensar que en este lugar, otrora núcleo de la revolución más importante de la historia, se pueda hoy tomar un café. Que se la haya "vuelto a tomar" de tan patética manera.

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Cruzar el Ponte Vecchio quedará en mis recuerdos como la vieja y secreta ceremonia de unos sencillos pasos para los pies, un detalle para el hombre que tengo a mi lado sacándose selfies. Parado sobre su antigua piel, mirando hacia el río Arno que refleja los colores vivos de su fachada: son casitas húmedas que parecen llevar escritas en su erosión la historia misma de las aguas italianas. El puente viene a dar con un romance mítico entre río y luz, cual eclipse de uomo, un eslabón perdido de la humanidad colado en esta conexión cielo-tierra. Allí, en medio del puente ("el único sobreviviente hasta hoy desde 1345, el único perdonado por los alemanes durante los bombardeos de la ciudad en 1944") hay puestos ambulantes que venden máscaras, camisetas y recuerdos de la Toscana. Allí hay como una antigua casita de carniceros (u orfebres) que tiene la ventana tapiada y con barrotes, una ventana desaprovechada, que abdica semejante privilegio (o es que ya lo ha visto con demasía).

Todo ha quedado congelado en el tiempo. Y lo veo como si mis ojos fueran los de una cámara originaria que mira esta realidad anterior a cualquier dispositivo que hubiera podido captarla. Siento que yo soy lo más parecido a una tecnología. Allí estoy, en medio del puente, mirando hacia un lado y hacia el otro. Me falta el mate de mis ancestros de la Pacha para calentar un poco el cuerpo, para que todo esto sea necesariamente un territorio suspendido por encima del mundo. Un breve interludio dantesco que confunde paraísos y purgatorios, como si aquí y solo aquí la vida no tuviera ningún destino más que el de sopesar su propio encantamiento, su propia encarnación. Es un gran salto para la espiritualidad.

Del otro lado del puente me espera seguramente alguna porción de muzza. La salvación y el retorno a mi travesía florentina que recién comienza.

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Museo del Louvre / Cinemateca francesa /
Museo del Prado / Galeria della Academia

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Aquel frío primer domingo de diciembre me levanto bien temprano. No solo porque estoy en París y tengo que aprovechar al máximo de este preciado día, sino porque hay en particular un movimiento que hacer, y es el de ir directo para museo del Louvre. La noche anterior me habían propuesto visitar el palacio de Versalles, pero la decisión ya estaba tomada, planificada, aunque no voy a negar que hubo tentación de sucumbir a los efectos de presenciar el palacio mas grande de Europa.

Hay otra entrada, me habían hecho observar, que no es la que está en la Pirámide, sino a los costados del arco del Carrusel. Son como entradas secretas de (im) posibles faraones fabricantes de aquella tecnología modernista. Por allí no se origina tanta cola y esto había que tenerlo en cuenta, siendo un primero de mes, cuando la entrada a los museos aquí es gratuita. Lo cierto es que al salir del Vintage hostel, bajando por calle Dunkerque y tomar el metro hasta la estación Pyramides (de este calibre son los nombres de las estaciones en París) descubro que este otro túnel (más posible de factura franca) te lleva directo al punto en que las pirámides se invierten, allí donde ya se ve una cantidad de gente importante y anuncian que el tiempo de espera para el ingreso será de 45 a 60 minutos, aproximadamente. Pero mucho antes estoy entrando, no sé si me pasó volando a mi o se habían confundido, en este caso me condesciendo con la humanidad y sus posibles fallos en los cálculos.

Cómo es esto de las pirámides invertidas. Voy a decirlo antes de consumar mi entrada: ¿es meramente estético? Me pregunto, ¿o allí apuntan a algo que la humanidad desconoce? Como el Santo Sepulcro del verdadero Santo Grial, por ejemplo. Seis horas dando vueltas por el museo, y a paso ligero, a lo largo de la tarde fui descartando otros lugares para visitar (Cluny, D'Orsay, etc) Pero valió la pena. Lo valió. Llevarme el aura de estos genios del Renacimiento. La búsqueda de Gioconda, demarcada por todo el palacio convirtió el itinerario en una experiencia múltiple, de grandes encuentros azarosos, fascinantes ecos y visiones, pabellones monumentales (verdaderos portales en el tiempo que a su vez comprenden los otros portales que son los cuadros) con la pretensión de la mirada puesta siempre en Mona Lisa. ¡Esa mirada está allí! (como decirlo, buscar a la Mona Lisa es la posibilidad del encuentro con la mirada sugestiva de toda la historia de la pintura) Por eso, hay algo fuerte que trasciende en estos espacios. No es cholulismo naif (aunque parezca), es otra vez la sensación de ser testigo directo, de que sean tus propios ojos los que coincidan con aquellos objetos y episodios que sucedieron a lo largo de todo este tiempo.

Pero el cuadro de Leonardo no fue ni por asomo el punto final de esta odisea napoleónica. Pude tomarle bastantes fotos entre las nucas de las personas, de bien atrás y bien adelante, o hasta donde se podía en realidad, porque la señora estaba bien custodiada. Me pregunto si no hay similitudes entre aquella imagen y en lo que ha caído la humanidad de hoy, donde todos en mayor o menor medida nos estamos exponiendo figurativamente. La siento un poco ahogada, con ganas de rajarse de ahí (de que la vuelvan a robar)

Recorrer el museo es la única manera de comprender su magnitud, ni su temática ni sus periplos se quedan en el tiempo del quattrocento o la Revolución. Hay lugar también para otras historias. Otros mundos que permiten pensar al Louvre como estructura que evita un poco el eurocentrismo, aunque estemos bien al centro. Así veo aquí un legado de la cultura humana: ahora me introduzco por cámaras del arte Otomano, salones con mascaras y seres totémicos tallados en madera, espacios para el arte egipcio y un pedazo de antiguo castillo medieval. Espejismos milenarios. No dejo de bucear en este museo, de navegarlo, incluso a sotavento, perdiéndome en su inmenso océano de poesía visual. Sueño descaradamente allí, con el sol cayendo ya entre las ventanas, tratando de encontrar inútilmente una salida, empachado de tanto desandar esta herencia que ha dejado gran parte de nuestro mundo. Y cuando finalmente salgo, me dirijo hacia el museo de Orsay, llegando justo cuando anuncian que ya no se permite más el ingreso (menos mal, me confieso, agotado y en silencio) Y así es como termino a causa de esta desavenencia con el destino: ni más ni menos que en el Arco del Triunfo, subiéndolo agradecidamente (se cuenta el ascenso entre los eventos gratis de cada mes), teniendo una visión aérea bellísima, con la Torre Eiffel a lo lejos iluminada de pies a cabeza y todas las diagonales encontrándose aquí debajo mismo.
El (arco del) triunfo de aquel día, al menos para mi, ya estaba garantizado.

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El día de regreso a Barcelona tenía solo unas horas para programar la última aventura parisina. Mi idea iba a ser un poco jugada. Cualquier fallo en el calculo podía ocasionar la perdida del vuelo. Pero estaba decidido a enfrentar el desafío, a conocer la Cinematheque, que abría a las doce del mediodía, éste era, en efecto, el problema del ajuste del tiempo, que abría a las doce y no más temprano. Entonces lo que hice fue dejar el hostel (no sin antes tomarme un rico desayuno allí mismo) Había calculado entre una y dos horas de recorrido por la cinemateca, para luego tomar un bondi que salía a unas (cuantas) cuadras de allí, era uno de linea que te llevaba directo para el aeropuerto, tenía que tomar justo el que saliera apenas yo llegara (son los horarios esclavos). La cinemateca quedaba también a unas cuantas cuadras del metro donde tenía que bajar (en la sumatoria de unas cuantas cuadras siempre se encuentra el origen de los desencuentros) Esa mañana fresca de diciembre, con el sol de otoño dando una lumbre suave de nostalgia, caminaba rápido, con ansiedad por saber si realmente iba a dar con la cinemateca. Y así fue como llegué, casi con una hora de anticipo, lo que me dio suficiente tiempo para recorrer la zona, un poco alejada del centro de la ciudad. Allí estaba la cinemateca francesa, con sus grandes paredes de vidrio con imágenes del cine (verdaderos vitrales de luz), esta se me presenta de frente a una especie de parque o plazón donde me doy el gusto de hacerme espacio para una vianda y recorrerlo antes de que abriera: había muy cerca una especie de homenaje a los pueblos originarios de México (esculturas de hierro) y una "General Paz" donde los limites se cortaban definitivamente, al menos para mi: son esos puntos en que tu curiosidad por el contrario crece y crece, en que te das cuenta que siempre habrá un más allá, al menos terrenalmente.

El museo de la cinemateca, que es a la parte que accedí, me terminó pareciendo bastante chico, sutil digamos mejor (el museo alberga la coleccion de Henri Langlois) con el traje de Melies en Le Voyage dans la lune, imágenes de Charles Pathé, una puesta de Tiempos Modernos, carteles publicitarios del cine primitivo, artefactos de todo tipo, Gaumont y Lumiere, el vestido de Camille Claudel, bocetos y dibujos del expresionismo alemán. Aquellas dos horas que tenía calculadas se me hicieron flexibles y aproveché para subir un piso más y espiar su biblioteca, recorrer una muestra de Kurosawa y llevarme como recuerdo de su local la ultima revista Cahiers y un porta documentos muy lindo, muy cinematográfico.

No tomo consciencia de la dimensión de este lugar para la historia del séptimo arte. En este sentido, la visita se me presenta como un pequeño tesoro que tuve posibilidad de conocer. Que brilla con la más enigmática de las luces que guarda la historia del pasado siglo. Había valido la pena. Un gusto que todo cinéfilo debería darse si anda por estos pagos.

El bondi que me tenía que llevar al aeropuerto no salió en el horario pactado, y esto me hizo sufrir un poco, pero estaba bien. Toda perfección siempre es sospechosa.
Viva el cine. Viva Francia.

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"Por dónde alivianar el rosario.
Esto que nada protesta
como un marchitar de hojas viejas
¿Qué es el grial?
Pregunta otro santo mirando
con lágrimas al otoño de Valencia
Un ingreso de catedral.
Un bálsamo para aliviar el dolor de Pasifae
Tanta humedad que baja del cielo
Tanta flagelación Caravaggiana
¿Podrás Rafael con el Pasmo de Sicilia?
¡Pero si ya están en Del Prado!
El entierro de Tiziano
La coronación de espinas de Van Dyck
Todos cristos Del Prado ¡Liberados!
El otoño es un cuadro complejo de creencia
Y su creencia es como el talento que se extrae de los artistas"

Escribí esto unos años antes de visitar el museo del Prado, mientras veía con mi abuelo un programa de Yordi Hurtado sobre preguntas y repuestas. Yo iba extrayendo la palabra de los participantes, configurando un relato con lo que decían sobre el museo. Hoy lo veo como una premonición entusiasta por conocer.

Y aquí me encuentro, finalmente, la noche del mismo día que llego a Madrid. En realidad, es una noche temprana, estoy en época en que el sol se oculta rápido. Mi idea era dejar las cosas en el hostel y disparar para el museo. Hoy y solo hoy la entrada es gratuita; pero el proyecto medio que se atrasa un poco debido a una charla que se arma en el living de aquel hermoso piso transformado en hostel, una charla futbolera, casual, casi de una amistad milagrosa entre un brasilero, un vasco, un colombiano, un madrileño (fan del cholo) uno que no hablaba (y si no hablás en este mundo de las letras no tenes lugar) y bueno, io, por supuesto. Qué linda charla, me sentí más que bienvenido. Pero hubo un momento que dije basta. Hay que conocer el museo.
Lo maravilloso de conocer un museo el mismo día que llegás por primera vez a su ciudad es sentir que la visita comienza antes de haber entrado, durante todo el camino que hiciste hasta su puerta. Conocer Madrid de esta manera (yendo a las apuradas para el museo) lo llevaré por siempre en mis recuerdos, aquel día me lo tatuaré en la memoria porque fue el de la noche mágica también, en el tablao Villarosa (del que ya hablé en otras páginas) Nada podría haber sido mejor. Nada. Horas antes entrando a Del Prado: "Las miradas confluyen en varios", pienso al ver Las Meninas y unos niños parados de perfil delante del cuadro de Velazquez, desinteresados pero con la misma mirada fija de aquellos personajes proyectadas en un punto ¿En el rey? ¿En el pintor? ¿En nosotros? ¿En todos? Los chicos probablemente en la de sus padres. Y es ahí que les tomo una fotografía secreta. "La fotografía es una especie de milagro" pienso ahora, porque nos llevamos un pedazo de aquella realidad irreconstruible, y es para siempre. Aquello de lo espontáneo, de lo que se pierde permanentemente, se eleva a una categoría inmutable, platónica, imborrable.

Creo que los espacios que habitan los museos me hacen un poco más feliz. Estoy desentendido con la realidad, me paseo como alguien que sigue conociendo Madrid allí dentro. Porque este forma parte de lo que vine a conocer. Le pregunto a un vigilador si el Guernica está aquí. Y me contesta que no, que está en el Reina Sofía. Ahhhh, digo yo. Y es allí cuando empiezo a caer, que me empieza a caer toda España encima.
Que barbaridad.

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Después de haber estado recorriendo Florencia durante todo el día, una de las ultimas paradas estaba destinada a la Galleria dell'Accademia. El tren salía a las 19 hs. Tenia una hora para dejar huella aqui, un poco como en la cinemateca de París, esto de los ajustes con el tiempo se había vuelto una costumbre, pero tenía también su encanto adrenalínico. Es como cuidar de no perderte tu propia película. La Galería de la Academia me dio una primera sorpresa cuando comprendí primero lo que había sido habitar Florencia. Después por el lugar donde se ubica: una calle que parece mas uno de esos pasajes perdidos en tu barrio, donde nada sucede ni sucederá jamás, más allá de alguna amenaza pintada del equipo del barrio más cercano.

Es increíble pensar que aquí, en esta callecita viva la galería. Esté el David de Miguel Ángel. Si. Porque lo que se viene a ver aquí, tal vez lo que solo se viene a ver aquí es al David. Que lo coloco ahora mismo en las maravillas personales (de la naturaleza?) que he visto. En lo que hace realmente irrupción a los sentidos: por su tamaño, cuando uno lo ve siente que se han salvado vestigios de una civilización de gigantes blancos. La corporeidad detenida en el tiempo, o que lo ve pasar a su alrededor, desde aquella altura. La precisión con la que Miguel Ángel lo ha tallado es realmente difícil de creer. Por eso es que uno no sabe si está delante de un genio o de un hechizo que alguien produjo sobre este hombre gigante, condenándolo a la mirada de los mundos subsiguienes. Como si fuera un espécimen del que se han hallado todos sus huesos y sus pieles y sus venas. La sangre del David parece correr por su cuerpo. Hay una presencia viva que brota de ahí dentro. Lo más parecido que vi al alma humana, es el David. Y fue casi que tenía que ver a cada rato el horario porque la escultura producía un efecto hipnótico, se podía recorrerla en 360 grados, sentarse por su espalda, es decir ausentarse de su mirada (aunque esta parezca ausente desde cualquier parte) hallarse bajo sus enormes sombras.

El David es un acontecimiento conmovedor, que contagia su piedritud, su aura total, que hace valer su enorme lugar en el mundo.
La lengua silenciosa del artista: no se necesita hablar para ser demasiado humano.
Adios Florencia. Adios David.

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Pasajes descompaginados

Miren esto por favor, una de las tantas marcas que dejó la Guerra Civil Española. La iglesia de San Felipe Neri había sido utilizada como paredón de fusilamiento. Es estremecedor estar en ese lugar y acercarse hasta dar con la piedra herida. Es estremecedor ver cómo la piedra herida de una iglesia sigue doliendo eterna por aquellas almas que ya no están.

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Aquí, en este lugar exacto de París, en la fría noche del uno de Diciembre del dos mil dieciséis. Busco algo a lo que apuntar con mi pequeña cámara de foto. Veo una horda de fantasmas que vienen más allá del Norte y esto me deja sin palabras, pero sobre todo sin imágenes. Sin embargo no tengo miedo. Estoy más bien entusiasmado, es mi primer día en estas tierras rancias y tan como lejanas de todo. Me siento helado del frío, pero estoy vivo, al menos más vivo que Jacques de Molay, último Gran maestre de la Orden del Temple. Es en este lugar exacto de la antigua Isla de los Judíos donde la hoguera que contiene incauto el cuerpo aún vivo del templario comienza a arder, insoportablemente. No me lo explico, pero de repente empiezo a sentir mucho menos el frío: algo parece alertar a mis huesos desde adentro, como una maldición que todavía no ha quedado del todo satisfecha. Alcanzo a escuchar a nuestro guía decir que éste último Gran maestre muere aquí mismo donde estamos una noche de Marzo de mil trescientos catorce. Esa noche, «mientras el humo y las llamas le arrebatan la vida, éste lanza una imprecación. Llama a sus perseguidores (el Papa Clemente y el Rey Felipe "el Hermoso") a unirse a él y rendir cuentas ante Dios en el plazo de un año. Increíblemente al cabo de un mes moría el Papa Clemente, al parecer a causa de un repentino ataque de disentería. Al finalizar el año Felipe también fallece, por causas que se desconocen todavía. 

Los templarios devinieron héroes, mártires. Leyendas. «Precursores del espíritu anticlerical de la época. Siglos más tarde, muchos francmasones franceses, al conspirar contra Luis XVI, tenían la sensación de contribuir a que se cumpliera la maldición contra la realeza francesa que Jacques de Molay lanzara al morir. Se dice que cuando la cabeza del rey cayó bajo la guillotina, un desconocido saltó sobre el cadalso, hundió la mano en la sangre del monarca, la agitó hacia la multitud congregada en el lugar y exclamó: ¡Jacques de Molay, ya estás vengado!»
Fotografiar, ante el intento desesperado por retener una realidad que se ahuyenta, así es como vamos recopilando ausencias. Fotografiar porque las cosas parecen irse constantemente de las manos. Pero no nos queda más que una proyección fantasmática, una maldición lanzada contra el vacío de los espacios. Humo y viento, cenizas que se van deshaciendo en la gran hoguera del tiempo. Yo no sé realmente qué importancia tuvo el imprevisto de haber estado en aquel lugar donde pierde la vida este hombre de tan horrible manera. No sé tampoco cuánto habrá aquí de verdad. Con lo que me quedo es con estas sensaciones que intuyen el cuerpo y el alma. De suscitar misterios que posibilitan la toma de una consciencia de algo que parece estar siempre más allá de la aparente realidad, una materia en bruto cuya alquimia es ante todo, una magia. El indescifrable movimiento de una energía que nos evade un poco de esta efímera vida, para llevarnos como a una extraña y perpetua fotografía.

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En esta calle precisamente ocurrió el noveno martirio de Eulalia (patrona de Barcelona). Una joven de 13 años, que "durante el período de persecuciones a los cristianos del emperador Diocleciano (284-305 dC), se escapó de su hogar y fue a buscar al gobernador de Barcino, Do, para recriminarle las represiones. El gobernador, ante la negativa de la niña a renunciar a la fe cristiana, la condenó a trece martirios, tantos como años tenía.

El noveno tormento, uno de los más conocidos popularmente, consistió en ponerla desnuda dentro de un tonel lleno de cristales, clavos y otros objetos punzantes, siendo lanzada por una calle en bajada".

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