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Fuga de Galaxias

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Cuando pasaste la ultima vez traías esas historias, ridículas creo yo, si me permitís. Quiero decirte que vos estás confundido, hermano. Yo no quiero que te me aparezcas un día moribundo, con el cielo dormido en tu abrigo, entendés lo que te digo, eso de vivir derrochando vida. No me contestés, quiero verte bien nada más. Estoy preocupado, no tenés a nadie, pareces un anacoreta prestigioso y no sos más que un rufián perdido en esta edad precaria posmotristeza de siglo. Quiero decirte además, que el aprecio que te tenía ya no se como conservarlo. No te entiendo, no te entiendo.

Las cálices brindan en la tormenta, un sonido de siniestras ausencias vigilan el intersticio de la miserable media luna que ofrece la noche. Los relámpagos invaden esta pieza donde converso con susurros lejanos incapaces de traerme a mi hermano a la imaginación. Lo recuerdo en su nave de miedos, quebrando el tímpano, oyendo a nuestros padres gritar desde el cuarto. Si vieras como narran aquellas rapaces voces que devienen juntas en cuerpos mutilados, si vieras que yo no tengo más que testigos del horror encerrados en mi conciencia, si vieras que un buen día, a eso de las ocho de la noche, la historia comenzaba con dos semblantes alegres, escapando al desvaído tiempo laboral, encontrándose sobre la víspera de un acontecimiento infinitamente hermoso que hacía las pases con los cambios otoñales y las princesas dibujando el contorno de la real felicidad.

El tiempo se abría en el templado bienestar de la planicie matutina. Había llegado un laudo caudal de brisa que movía el aire como si tuviese un estilo absolutamente personal, como si en realidad, el mundo no fuera más que una tremenda armonía estética que copiaba la forma de algún otro bello mundo perfecto. Pero nunca podría aquello corroborarse, sin ir más lejos, las cosas que tenemos delante de nuestras narices son difíciles de corroborar. Es que todo en realidad convive en una constante de alejamientos; los amigos se alejan, los enemigos, los triunfos, los fracasos. Todo. Hay una sensación que me anda funcionado de hace rato como especie de fuerza primordial, y es la sensación de saber con total convicción que la persona a la que mas había amado se aleja a una velocidad proporcional a su distancia, es una sensación absolutamente terrorífica de querer estar con alguien, abrazar a alguien que en este momento se aleja cada vez más, en una constante que no tendrá fin hasta que muera

En esa brillante ronda de siestas que se daba cuando, encargado de florecer las tardes con su ausencia, cumplía el rol sagaz de brebajes que lo sumergían en provocadores sueños nupciales; un grito fue despabilándolo de a poco, trayéndolo al realismo costumbrista de su querido barrio porteño. Desde este lado aquel grito no había sido más que una queja de su hermana menor que brincaba como loca sobre el nuevo tapiz marrón. Sus atardeceres siempre solían tener alarmas de todo tipo, humanas, de talleres mecánicos que hacían sonar como loco los autos a martillazos, el afilador y su vecina, sobre todo su vecina, que siempre tenía alguna anécdota que contarle a alguien en la puerta de su casa cuando regresaba de la panadería.
Su hermana lo vapuleaba diciéndole con fuertes tonos de histeria que ya era la hora de ir a su clase, pero al darse cuenta que todavía no era la hora, los gritos se multiplicaron. El premio al castigo triunfaba y la misericordia entre los hermosos hermanos volvía luego de unas cuantas horas del día siguiente
Al igual que los compinches desangelados, él se situaba por encima de la gran ciudad, reservando sus manos para los empleos del bisiesto juego de pelota paleta que se organizaba una vez al año en la juguetería de la vuelta de su casa. A todas esas vidas que luchaban por sentirse sanas en el gimnasio, les preguntaba si no habían ido alguna vez a alguna biblioteca. El pensaba que todas las vueltas del sol estaban aguardando por si algún día a la tierra se le daba por tranquilizarse. Luego de varios años frecuentando el viento de frente se preguntaba también por esas cosas que se vienen como la soledad. El final de todo resplandor amoroso le producía algo así como un fuerte y delicado sentimiento de inoperancia existencial, como si estuviera persiguiéndolo un ángel, un ángel que le recordaba a toda hora: “pensalo, al menos la muerte y la soledad vuelven a tener un sentido en tu vida” y esa materia blanca se posaba sobre sus hombros como si fuera un diablillo que le gustaba saltar sobre los hombros de los enamorados.
Al fin y al cabo su papel no traía ninguna cuota de satisfacción a su historia de vida, si ni siquiera un refrán por el que valiera la pena soportar sus ausencias internas, decía, en un vaivén de histeria, puedo morirme hoy, sería como sacarme la lotería, puedo morirme mañana, ya eso sería otra despedida con mis actitudes frente a todo.

Así sentía que la había perdido, su sentimiento de culpa invadían sus zonas más primogénitas de su ser. Estaba absolutamente enamorado, como si tuviera el elixir del enamoramiento, la condena más vil que un humano pudiera llegar a recibir. Su cuarto flotaba dentro de un mundo alienado, y ese era el precio que se terminaba pagando al final de todo. Hay elecciones en su facultad, a quien votar. En blanco, si su cabeza estaba en blanco, a quien puede votar uno cuando la cabeza está en blanco, cuando se es un artífice del estado por culpa de las ínfulas y los cupidos más experimentados en tirar las flechas.
Ahora, estaba la posibilidad de que, tal vez, el ícono con más posibilidades de serenarlo no fuera justamente un hombre, un amigo, ni siquiera un ángel encubierto. Los tallos más finos de la tierra, los poemas ancianos que guardaba desde su primera juventud, sus escritos amorosos antes de conocer el amor. Esos eran caminos que ayudarían a zafarlo del sepulcro. Es un tanto exagerado para el narrador pero no para el personaje porque su punto de vista era tan sincero que nadie puede ni debiera juzgar que alguien tenga tanta tristeza junta. La verdad es que nadie sale a pulular un siglo por demás cancerigeno en relaciones sentimentales. La no correspondencia es ahora dilatada por las faces bucales y los intersticios de seres maquinas que brindan cariño más con los dedos que con el sexo. Y era una de las victimas, caía en la trampa visual de preciados recuerdos solo figurativos de palabras, vaciados de vivencias y oportunidades de demostrar que los humanos todavía sonreímos

Aquel amigo estaba enajenado, era un prado quemándose en los primeros meses de invierno, viviendo los momentos justos de su desgracia a toda hora del día. Todos decían, todos oían, todos lo escuchaban, pero mi amigo usaba sus sentimientos de manera tal que lo explícito se volvía cuento, fábula, mito, en un punto, él estaba en lo cierto, la vida de todos lleva potencialmente una carga de sarcófagos amorosos derritiéndose en el desierto de nuestras almas. Pero lo más curioso es que sus penas llegaban a soportar interminables dolores de vista interior. Cómo no pensar decía, si el sentimiento lleva al pensamiento, y pensar se puede no elegirlo, pero sentir, jamás.

Así los meses fueron pasando y la primavera escribía en su prologo unas cuantas notas sobre la verdad de las margaritas. Una de esas tardes de septiembre, sería el cumpleaños de su amada, que hacer, que no hacer, dejar pasar ese día como si fuera uno más? Dejarse llevar por las influencias del sol y refrescarse con el sudor de su soledad? Nunca se entendió bien lo que había resuelto hacer, tal vez era mejor que así fuera, porque después de tantos regalos , después de tantas oportunidades de mirar aquellos ojos (que solía decir que eran como el mapa de su propia alma) después de tantas caricias, el temor a ser devorado por la ausencia se convertía final y fielmente en un estado concreto de autocompasión. Si, todavía existía el romanticismo en pleno siglo veintiuno, y gracias a dios que lo existía, no para la pobre alma del enamorado (que existía, según el, gracias al diablo) pero si para los fieles lectores de novelas románticas, porque si para algo sirve un romántico es para complacer a aquellos que tienen la salvación de ver aquello que le sucede como una tierna y preciosa historia de amor. Aquí el amor es un sinónimo absoluto de muerte, de piedad, de flagelo, de posesión, de incapacidades biológicas, de monstruos acechando al invalido en sus sueños nocturnos, en sus sueños de la tarde (cuando su hermana gritaba, y ese grito, créanme que había sido su salvación)

Una noche empezó a notar como ráfagas luminosas sobre su espalda, se lo había hecho notar su padre, que siempre le recriminaba que no anduviera en cuero por la casa (vaya saber uno por qué) esas manchas proporcionales a lunares pequeños fueron el motor para sacar turno urgente en el hospital italiano
Una ruidosa complexión de círculos en movimientos llamó su atención, era un pesar demasiado complejo para explicar con palabras. Una de las razones principales de entender su comportamiento tuvo mucho espacio, tuvo mucho de moraleja marsupial marxista extraída de las galaxias etéreas y misteriosas de su alma. El amor, el amor el amor el amor, acaudalado en la segregación de su inhóspita manera de reaccionar a los síntomas primaverales. Así, como si del cielo bajara un espanto estigma que comenzaba a escarmentar cada célula de su cuerpo

Una vez terminado su periplo, todo seguiría con anormalidad, porque el karma había insistido tanto que ya nada volvía a hacer como antes. “Nada que se yo, está todo mal”, respondía una y otra vez, haciendo pasar su tono de voz por el de un monstruo melancólico afligido por la perdida de su monstrua. El precio del oxidado surgiría como cualquiera de las precauciones anteriores ya desechas por vínculos del pasado. Los vínculos del pasado eran nubes de un cielo que actualizaba siempre las epopeyas humanas, qué mejor alegoría que la del cielo para expresar los cambios que van surgiendo en la vida de un ser humano.

Una vez su madre estaba buscando uno de esos broches que siempre desaparecen cuando el viento defenestra el sol de una tarde para tender toda la ropa posible. Lo buscaba tanto que se las vio con una hoja. Era una carta escrita por su hijo. Una carta de amor como pudieron haber imaginado, lo que no pudieron haber imaginado era que aquella no era más que una de las miles que había escrito para su amada. Poemas, relatos, canciones, suplicas habían hecho un total de seis tomos. Paroxismo ultra redentor y perdida excesiva del orgullo amaestraron la conciencia de este ser preparado para las vivencias más exóticas e inimaginables. El tímpano que oía las atrocidades del mundo, todas juntas en una canción, la canción que hablaba sobre su vida tenía cierta materia trágica pero en serio, la tragedia de tres destinos juntos apilados por dolor que imantaban toda su extensión hacia las zonas más oscuras del sufrimiento. Solo cuando no estaba debatiéndose con sus alboreadas de una oscura estrella fingía estar bien subiéndose al podio de los sentimientos más usados por la costumbre. En otrora se las ingeniaba para desaparecer haciéndose creer que su cabeza dejaba el mundo por un rato, era una verdadera sensación de alivio sentir que estaba libre de su cabeza.

Con el sol brillante, mirando los elixires de la cofradía nocturna, se enorgullesía de estar olvidando de a poco todos sus problemas, todas sus partes más blandas y sensibles que le habían procurado tanta desgracia

 

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