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Soy tu espejo

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El hombre sudaba a mares, a baldes de insoportable congregación de nervios. Y eso que era un tipo al que muy raramente se lo veía moviendo un pelo en situaciones de aprieto como ésta. Una y otra vez buscaba la manera en que sus indómitos movimientos pudieran llegar a buen puerto. Una y otra vez, una y otra vez; sus extremos caían rendidos, ya fláccidos por el emergente poder que aquella misteriosa jaula se iba permitiendo en la eternidad del tiempo. El hombre giraba sus puños y se colocaba como un orfebre a punto de convertirse en piedra; respiraba una y otra vez, una y otra vez  antes de buscar el choque, siendo parte de un impulso extasiado de fantasmas que podrían haber pasado antaño por similar acontecimiento.

Un golpe, y otro golpe, y otro. Era de no creer como ese homínido podía soportar tanto flagelo. Tanta angustia. Y todo había surgido como un sueño invertido, como una mueca perversa de la ensoñación matutina que lo traía ahora a un extraño cubículo lleno de forja inmaculada y vaho infiernal, o de submarino sepultado en algún punto mágico del océano.

Podría pensarse en algún capricho mental, en alguna supuesta maraña inconsciente; pero lo cierto estaba a la vista de aquel relato como la vendimia de pleno febrero. Cuando el hombre hizo un nuevo intento por resquebrajar aquellos extraños muros, antes de volver sobre sus pasos con el hocico cubierto en sangre, vio inesperadamente que la cerradura comenzaba a dar vueltas, a girar de forma pausada, muy lentamente, invitando a éste a echar más tensión a la penumbra, pero determinando finalmente que la injuria se empezaba a deschabar. Su propio silencio, en un contraste atroz con el óxido chillido de la puerta, fue conmoviendo cada célula de su alterado rostro. Era la mayor eminencia hasta el momento de inteligible manifiesto que mostrara preocupación por aquel hombre enjaulado. Un gesto de compasión, quizá, de impotencia kafkiana que devoran la coacción del hecho. Lo cierto fue que lejos de hallarse ante la posibilidad de revelársele semejante bravura, acurrucábase ahora por el espanto que le produjo el encuentro con aquella siniestra e inhóspita criatura que entraba por la puerta.

Uno no podría entender nada de lo que le estaba sucediendo; pero menos que su condición (humana) tomara el camino de un exorcismo interplanetario. Porque el hombre no sólo que desde el primer instante se vio imposibilitado a sospechar sobre la situación que lo llevaba a figurarse encerrado en horrenda concavidad grisácea y mal oliente, sino que fue en ese momento en que las mismas hipostasis de su bondad, de su tremenda voluntad de vivir, yacían finalmente, o al menos terminaban deshaciéndose de un personaje que jamás había tenido la intención de entregarse.

Sin embargo hubo, a pesar de ello, un intento más del hombre  por develar aquel crimen al sentido común. Y en esa intención tan digna de una divinidad helénica, con sus manos hecha pedazos, su cuerpo estéril y sus piyamas harapientos, incitó a la criatura a que revelara los hechos: la instigó a fuerza de pulmón perdido, pero sólo llegó a escuchar tres palabras:

                                                                 soy tu espejo

Cuando hubo de recuperar energías éste manso y respetable pudo deliberar sobre la extraña experiencia que había tenido unos instantes atrás.

“Una vez (se dijo para sí, como narrándose su propia aventura del terror) creí ser un mancebo, un bello mártir envuelto en rupias y bellas mujeres; pero debo admitir que sigo siendo presa de un delirio”.

El hombre buscó refugio en otras ideas vagas sobre su conducta y la percepción que se había dado de sí en aquel extraño viaje; no era ni una película de Fernando Fernán Gómez ni mucho menos el afán por buscar excusas para irse un rato de su consciencia. Fueron sus propios ojos oscuros, penetrantes, ahíncos de filo, los que habían dictaminado el encuentro con su patrón extraterrestre, con su Narciso diluido en la transpiración de una calurosa mañana, dejando bien en claro (y a pesar de todo) que aquellos sueños eran vestigios de otro mundo, pretéritas reflexiones pre laborales delante del espejo.

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